miércoles, 10 de junio de 2009

De buena mañana

¡Qué dolor de espalda ! ¡Y qué sueño tengooooo! ¿Por qué no me iré a dormir cuando toca? Ya se. Porque estaba leyendo y eso me pierde. Como me dice ella "es que te lees hasta los prospectos de los medicamentos". Tanto como eso, no, ...pero sí los ojeo.
Me llama desde la habitación: "Café". Voy a la cocina, pongo leche en un vaso, al micro, cuarenta y cinco segundos, ding, la cucharilla, el frasco de café soluble, a la mesa. Entra ella, con cara de muy cansada y mucho sueño. Se sienta, coge un trozo de papel del rollo de cocina con el que limpia la nata de la cucharilla. Abre el frasco de café ¡Está prácticamente vacío! Sólo quedan unas briznas en el fondo. De esas que se quedan pegadas y no hay manera de sacar por mucho que agites el frasco y con la cucharilla que entra por la abertura no llegas y con la que llegarías no entra por la abertura ¡Maldito fabricante! ¡Está hecho expresamente! Las mira, mira el vaso con la leche, coge el vaso y vuelca el contenido dentro del frasco, lo remueve y vuelca de nuevo el contenido en el vaso. Y me mira con ese mohín que sólo ella sabe poner, como diciendo "a grandes males...". Y yo, entonces, siento un ataque de ternura y pienso que hay tantas cosas por las que la quiero que la lista se engrosa cada día, como ahora, que una nueva acaba de entrar.

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