jueves, 28 de agosto de 2008

La magnitud de la tragedia

He tomado prestado el título de un libro de Quim Monzó porque refleja con exactitud el baremo según el cual nuestros medios de comunicación (en concreto las cadenas de televisión generalistas) se rigen a la hora de informarnos sobre las desgracias que ocurren en el mundo. El accidente del avión de Spainair es un buen ejemplo. Desde el primer momento las cadenas se lanzaron a intentar ofrecer la mayor información posible y las imágenes con mayor impacto. Como la zona del accidente era área restringida y no pudieron acceder a ella, enviaron periodistas y cámaras a los hospitales donde previsiblemente se llevaría a los heridos. Y allí sí nos pudieron mostrar cuerpos heridos, carne quemada a un par de metros del objetivo de la cámara. Pero los heridos eran pocos y algunos habían llegado a los hospitales antes que las cámaras (¡mecachis!), así que lo siguiente sería buscar imágenes de familiares, amigos y allegados de las víctimas. Y allá que te va, recorriendo los aeropuertos de origen y destino del vuelo. Y aparecieron personas con semblante descompuesto, llorosas o como en estado de shock. Y sus llegadas, idas y venidas, fueron repetidas hasta la saciedad. Y luego les tocó el turno a las autoridades y a los políticos para figurar.
Mientras tanto, en cualquier calle de cualquier pueblo o ciudad, personas igualmente anónimas, como los pasajeros y la tripulación del vuelo, estaban viviendo quizá a la misma hora sus particulares tragedias sin que los focos los iluminaran: Una enfermedad terminal, un accidente de tráfico, un desahucio, una pérdida de empleo con importantes deudas amenazando…Sería violento, repudiable, ridículo y muchas más cosas, que las televisiones nos mostraran las tragedias particulares de cada cual. Pero si las tragedias individuales se suman en una colectiva entonces sí hay cancha, sí hay competición. Si una persona tiene un accidente de automóvil y queda herida, e incluso quemada, todas las cadenas de televisión no correrán a grabarla. Pero si esa misma persona tiene la “desgracia” de tener su accidente junto con más personas, en el mismo sitio y a la misma hora, pasará a ser un trozo, una partícula del elemento noticioso, que podrá ser cortada, troceada, pegada, parcheada, manoseada e incluso, pasado el tiempo, regurgitada en resúmenes anuales o para cortinillas de autopromoción.
¿Es posible otro tratamiento de este tipo de accidentes? Creo que sí. Creo que se puede saltar lo particular para centrarse en lo general. ¿Qué es lo que queremos, lo que nos interesa o nos debería interesar realmente? Que el avión sea un medio de transporte lo más seguro posible. La seguridad total no existe pero ha de ser el objetivo hacia el que dirigirse. Naturalmente no queremos que nadie muera pero eso es como esperar que el sol no salga por el este. Lo que queremos y debemos esperar es que el elemento fortuito, excepcional e impredecible sea el único responsable. Porque, al final, siempre acaba siendo un cable que se soltó, un tornillo que se aflojó, un procedimiento que no se siguió o cualquier otra cosa similar. Y eso se podría haber evitado con más investigación, mejores materiales, mejores procesos, más mantenimiento, más de algo. Pero, entonces, los costes… ¡Ah, los costes!
En cualquier caso, a los muertos y a los heridos dejémoslos en paz.

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