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jueves, 1 de abril de 2010

Inicios

Todos esperamos que las primeras líneas, el primer párrafo de un libro, sobretodo si es una novela, nos enganchen, nos atrapen sin remedio y nos lleven en un viaje, de recorrido incierto pero apasionante, hasta la última página. Queremos que esas palabras iniciales nos digan “vas a sufrir, vas a llorar, vas a sentir miedo, emoción, romanticismo, vas a pensar y reflexionar, vas a sentirte vivo”. Éste que viene ahora es un ejercicio sencillo y modesto. Cuatro posibles inicios, cuatro primeros párrafos, cuatro peldaños iniciales de una misma escalera. Deseo que os gusten y se esperan vuestras opiniones, naturalmente.

1.
Ya estaba muerto. No había costado mucho, la verdad sea dicha, pero al principio no parecía que las cosas iban a ir tan rápidas y tan bien. Ahora faltaba únicamente deshacerse del cadáver. Eso ya sería otro cantar. Ciento diez kilos de gordo seboso no se manejan así como así. Se arrepentía de no haber traído la carretilla y eso que lo pensó antes de salir de casa pero, ya se sabe, los nervios y las prisas de última hora. Aunque, bien pensado, no tenía ni puñetera idea de donde podría estar la dichosa carretilla ni recordaba la última vez que la había usado. Hacía tanto tiempo ya. Era su primer trabajo en diez meses. Maldita crisis. Ya nadie quería matar a nadie.

2.
Mientras sentía que se le escapaba la vida, no podía dejar de mirar a ese hombrecito imberbe que apretaba y apretaba el lazo de alambre para estrangularlo. Se moría y lo único que pasaba por su mente era que encontraba inadecuado que hubieran enviado a semejante individuo para matarlo. Ni la vida por delante ni un flashback, nada de nada. Sólo él y el hombrecito. Habría esperado a alguien de más enjundia, no sé….a un auténtico matón, un armario de dos por dos, de esos que manejan a los fiambres como peleles. Sin embargo, ahí estaba él, dando sus últimos estertores y pensando que moría a manos de alguien que no tendría ni la mitad de su peso.

3.
Estaba nerviosa. Él se retrasaba y no solía hacerlo. Ya debería haber llegado hacía rato. Ella miraba por la ventana esperando verlo aparecer con ese caminar bamboleante que los obesos suelen tener. Le había dicho una y mil veces que debía ponerse a régimen, que con la salud no se juega, pero él la miraba, sonreía y se servía otra ración de lo que estuviera comiendo. Entonces ella fingía que se enfadaba, pero sólo un poco. No podía enfadarse. Estaba enamorada como una tonta de él y a pesar de la diferencia de edad ¡Y de peso! lo quería. Él la había sacado de la calle y la había recogido, la mimaba, le compraba todos los caprichos. Vivían en un pisito maravilloso y no podía ser más feliz. Sonó el teléfono y ella se mordió el labio. No sabía por qué pero no quería contestar.

4.
El hombre estaba de pie frente a la ventana, mirando hacia el vacío de la noche. En su mano izquierda hacía oscilar una copa de coñac mientras la derecha sostenía un cigarrillo. Se había escapado un momento de la fiesta que bullía en el salón para refugiarse en aquella sala, huyendo del ruido que generaba la gente con su cháchara. Una figura entró sigilosa en la habitación. A pesar de su altura y corpulencia apenas hacía ruido al moverse. Se acercó y susurró unas palabras al oído del hombre. Éste realizó un breve y casi imperceptible gesto de asentimiento con la cabeza, dando a entender que había comprendido. La figura salió tan sigilosamente como había entrado. Sólo entonces el hombre dejó que sus labios dibujaran una sonrisa. El gordo había pagado su deuda y todos sabrían, a partir de ese momento, quien había tomado las riendas.

Esta es la música que me venía a la cabeza cuando escribía. Private eye (1988), serie mítica de televisión ambientada a principios de los 50 en L.A. Ha llovido desde entonces….

jueves, 28 de enero de 2010

Easy Rider

Clicad en la imagen y deleitaros con la Harley "Correos" Davidson.

Siempre soñó con rodar por las calles y carreteras, oyendo el rugido de la máquina, notando la potencia en sus manos, el aire frío en su cara. Quería ver las rayas blancas del asfalto correr huidizas mientras la rueda delantera las aplastaba, inmisericorde. Pero, sobre todo, la “chupa”, la “chupa” negra de cuero ceñida a su cuerpo. Todo eso y mucho más soñó…..y soñaba. Pero debía seguir la tradición, debía continuar lo que su padre hacía y el padre de su padre había hecho, un oficio honrado, noble, un servicio para todos. Debía ser cartero, anhelo de su alma infantil hasta que en una tarde de la adolescencia vio por televisión Easy Rider. Y ya nada fue como antes. Pero calló. Calló como tantas y tantos callaron antes, por obligación, por deber a los que le habían traído a este mundo, proporcionándole sustento y educación, por resignación a una sociedad gris que hacía de la diversión el nuevo Dios, pero en la que cada vez había menos alegría.
Alcanzó el objetivo familiar y fue cartero. Desempeñaba el oficio con diligencia, aunque sus compañeros de la estafeta de barrio en la que estaba destinado lo encontraban parco en palabras y de mirada soñadora. Era puntual y cumplidor, y no le incomodaban las puntas de trabajo que en determinadas épocas del año se producían. Su padre, que trabajaba en la central pero que tenía amigos, oídos y ojos en todas partes, se sentía orgulloso. Llegaron las primeras Navidades y el joven cartero hizo lo que todos sus compañeros de estafeta hacían todos los años: jugó a medias con todos varios boletos de la Lotería Nacional. Salían a un cuarto de décimo por cabeza. No los sacaría de pobres pero para unas alegrías sí que habría. Y menos da una piedra. Y tocó.
Supo desde el primer momento qué haría con su parte del premio. Cumpliría lo que su corazón había deseado desde hacía tanto tiempo. No le iba a importar lo que dijeran o dejaran de decir, de si era reglamentario o no lo era. Además, la pediría con los colores de la empresa para que se viera que él empezaba un camino que, quizá con el tiempo, muchos podrían seguir. Él iba a ser el primer cartero, con su “chupa” de cuero negra, sus botas, sus gafas oscuras y su macuto de correspondencia a la espalda, en montar una Harley.


lunes, 7 de diciembre de 2009

Lluvia sobre Damasco

"Llueve sobre las callejuelas de Damasco. La tierra, humedecida, se transforma rápidamente en barro y el caminar se vuelve pesado y torpe. La mayoría de los tenderetes desaparecen rápido mientras los comerciantes protegen sus pertenencias. Solo unos pocos soportan el aguacero, exhibiendo sus baratijas ante los escasos paseantes del mercadillo. Estoy guarnecido en el quicio de una vieja puerta de madera, esperando. Siempre esperando. Días y noches, con lluvia y con sol, con frío y calor. Una vez más, esperando. La túnica empapada pesa como un muerto, pero es amplia y protege mis armas de la vista. A la hora esperada, aparece él por un extremo de la calle, tal y como me habían informado. Camina torpemente pegado a la pared para guarecerse sin éxito de la lluvia. Sus pasos resultan cómicos pues intenta pisar levemente el barro de la calle para que no se le ensucien sus babuchas y solo consigue caminar a saltitos cortos que su barriga hace aún más ridículos. Llegado el momento solo será otro baboso lloriqueante. Como esperaba, al alcanzar la mitad de la calle gira a su derecha y se interna en el callejón. Salgo de mi escondrijo y en dos zancadas cruzo la calle. La lluvia golpea mi cara pero puedo ver que ya no hay gente a la vista y los pocos tenderetes que aún aguantaban ya se han esfumado. Camino rápido siguiendo a mi presa. El ruido de la lluvia contra los chamizos y las techumbres de las casas ahoga cualquier sonido que mis pasos pudieran producir. No se ve un alma. Estoy ya a poca distancia detrás de él. Ha desistido y ya no camina a saltitos pero sigue pegado a la pared en su intento vano de no mojarse. Bajo mi túnica, saco la daga de su funda. Quizá por una brevísima tregua de la lluvia o por ese sexto sentido que hasta los más torpes tienen para presentir el peligro, el gordinflón se gira y me contempla pasmado cómo avanzo hacia él. Tarda unos segundos en comprender y sus ojos se abren como platos. Mi daga se hunde en su bajo vientre hasta la empuñadura, luego la giro y la saco violentamente hacia la derecha rajando su panza. Una enorme salpicadura de sangre mancha la pared. Sus piernas flojean y trastabilla hasta caer de medio lado en el ángulo formado por la misma pared y el suelo embarrado. Mientras me mira con sus grandes ojos abiertos me inclino para limpiar mi daga con el borde de su túnica. La vida se le escapa y en su último aliento alcanza a decir “Hassassin”. Me incorporo. De un rápido golpe de vista compruebo que el callejón sigue desierto. Vuelvo sobre mis pasos a la calle y giro hacia el sur. Mañana volverá a salir el sol y el calor hará sofocantes, a estas horas, las calles. Pero hoy no. Hoy sigue lloviendo sobre las callejuelas de Damasco."

martes, 13 de octubre de 2009

La casa de los dos atardeceres

Ayer volví a la casa de los dos atardeceres. Apenas nada ha cambiado en este último año. A las mañanas cálidas les siguen las tardes agradables y las noches frescas. El bullicio de la calle continua tan animado, más aún si cabe por las fiestas. Por la calle adoquinada los chiquillos bajan con sus bicicletas a toda velocidad, haciendo sonar los timbres para que la gente se aparte ¡Casi se llevan por delante a la vendedora de globos! Ésta les ha lanzado una maldición gitana que habría fulminado a personas más impresionables, pero los críos han continuado su carrera entre risas. Al abrir la puerta de madera he sentido un poco de aprensión por romper la quietud del interior. Todo esta limpio y ordenado pues la señora Rita se pasa cada semana a limpiar y comprobar que no haya ninguna incidencia ¿Recuerdas cómo nos reíamos al principio cuando ella invertía las letras y decía “indicencia”? La imaginábamos como una celosa guardiana de las buenas costumbres. Debió pensar entonces que éramos una pareja de chiflados. La he visto en la calle, antes de entrar. Me ha mirado como si viera a un fantasma. La luz, esa luz de otoño que entraba por los amplios ventanales y que tanto nos enamoraba, sigue entrando de la misma forma, impasible, ajena al paso del tiempo. Parece todo tan igual. Sin embargo algo sí ha cambiado, tú no estás. Tú no estás aunque te vea en cada rincón, aunque oiga un ruido en la cocina y espere verte asomando la cara diciendo “se ha quemado el pollo pero me quieres igual ¿Verdad?”, aunque cierre los ojos y te escuche respirar. Igual la señora Rita tiene razón con su mirada y yo sólo sea un fantasma, alguien que se mueve sin rumbo, que hace cosas, pero en el que nadie se fija. No creo que nadie me haya mirado en todo el trayecto de la estación hasta aquí. No existo. Igual por eso he querido regresar al lugar donde una vez existí porque alguien me miraba. Veo el sol languidecer por segunda vez y recuerdo las palabras del bueno de Mario, jurándonos que no vendería su pequeña casa de enfrente a nadie, para que no construyeran ningún edificio tan alto como el de su lado. De esta forma, el sol seguirá ocultándose dos veces cada tarde de octubre a marzo, mientras Mario aguante y sus sobrinos no se hagan con su casa. Debería pasar a verle pero no me atrevo, sé que acabaremos llorando y no quiero llorar, hoy no, mañana tal vez. Sólo he vuelto para notar cómo me abrazas en la casa de los dos atardeceres.


martes, 22 de septiembre de 2009

Miss you

- La echo de menos.
- ¿Todavía estamos con esa canción?
- Qué quieres que te diga. Las cosas son así.
- Pero ya hace ¿Cuanto? ¿Diez meses, no? Pues creo que no deberías tener esos sentimientos tan a flor de piel y más después de lo que pasó. Has de mirar hacia adelante.
- Lo he intentado pero no he podido. La veo en cada detalle del piso que ella eligió, en los sitios a los que íbamos, en los regalos que me hizo…
- Esa es otra. Te dijimos todos que dejaras el piso, te deshicieras de sus regalos y que no volvieras a ir a los sitios que frecuentabais, pero a veces creo que te va el rollo masoquista.
- No se pueden borrar los tres años que estuvimos juntos así sin más.
- Ella sí pudo.
- Eso es un golpe bajo.
- Esto te lo he dicho ya mil veces, pero es igual, te lo digo una más y las que hagan falta: SE LARGÓ CON OTRO A UNA SEMANA DE LA BODA.
- No me chilles que ya lo sé. Pero, en ocasiones, pienso que quizá la empujé yo, hice algo…no sé, no la atendí como se merecía o qué sé yo.
- Creo que la atendiste demasiado y todo. Te faltaba respirar por ella para que no se cansara.
- ¿Es que ahora es malo querer y cuidar a la persona que se ama? Yo sólo deseaba que no le faltara de nada.
- Quizá sí le faltó una cosa.
- ¡Qué me dices! ¿El qué?
- Libertad.
- No te entiendo.
- Me entiendes perfectamente. Pero si lo tenías planeado todo, cuando os casaríais, donde sería la luna de miel, cuanto tiempo pasaría hasta los hijos, cuando…
- Ella estaba de acuerdo en todo. Lo habíamos decidido juntos.
- ¿Seguro? ¿O lo habías decidido tú y ella simplemente se dejaba llevar? Mira, tío, somos amigos desde hace ni se sabe pero perdóname por lo que te voy a decir: he pensado más de una vez que dejarte es lo mejor que pudo hacer. Mejor antes que después de unos años, con hijos y toda la parafernalia montada. Demostró tener más “ovarios” de los que yo le imaginaba y eso es siempre una cosa a respetar.
- ¿Cómo me puedes decir eso? Yo la quería……..la quiero….
- Se fue y no va a volver, así que mejor cambia de vida de una vez, que por ahí no vas a ninguna parte.
- La echo de menos.
- Otra vez no me llames. Ya te llamaré yo.


lunes, 10 de agosto de 2009

El amor es la droga

El amor. Esa cosa con plumas. ¿O eso era la felicidad? El amor. Que te golpea. Que te arrastra. Que te levanta. Que te sube. Arriba. Arriba. A lo más alto. Y vuelas. Vuelas. Todo es posible. Todo es maravilloso. No hay límites. Pero si los hay. Y pierdes las alas. O te las roban. O se estropean. O las estropeas tú. Y luego caes. Caes. Caes. Sigues cayendo ¿Yo había subido tan alto? Si, si. Habías subido tan alto ¿Por que nadie me dijo nada? Porque de nada habría servido. Ya llegas al suelo, no te preocupes ¿Me dolerá? Seguro… Pero pasa el tiempo y nos olvidamos, o nos queremos olvidar, o nos importa un bledo, o… ¿Cual era la pregunta? ¡Ah si! Queremos repetir. Porque, como los drogadictos, estamos enganchados. Porque, aunque nos resistamos, llevamos el gusano dentro. Porque, aunque lo ignoremos, el no nos ignora. Y así giramos y giramos en la rueda. Porque necesitamos nuestra dosis para sobrevivir. Y si no la encontramos, buscamos sucedáneos. La metadona del amor. Aunque valga para un rato. Aunque valga para siempre. Pero no concibo que me falte esa sensación. No quiero que me falte. No quiero que le falte.
Como el tipo de la canción. Que sale con su coche a buscar el amor de esa noche. Porque el amor es la droga.



El lector avispado se habrá dado cuenta que faltan algunos acentos. No se por que motivo, se me ha desconfigurado el teclado, los signos, y algunas cosas mas, están patas arriba. Los interrogantes los he encontrado donde el guión bajo. Pobre guión bajo. Ha ido a parar al norte del teclado, donde casi nunca pasa nadie y hace frió. Algunos han ido de visita a casa de sus familiares, como las comillas que se han mudado a casa de su prima la diéresis. Otros, como amantes casquivanos, han cambiado de pareja. Así, la arroba ha dejado al bueno de Alt Gr para irse con la tecla de las mayúsculas. Pobre Alt, ya no quiere saber nada con nadie. Pero lo de los acentos es un misterio, han desaparecido junto con los dos puntos. Esto me huele mal. Solo se han quedado los acentos del corrector, claro, pero es que son automáticos los pobres, no tienen libertad para elegir. En cambio los otros, conscientes de su poder, se han esfumado. A conspirar, seguro. El pobre corrector me mira como diciendo ¿Que hago? No te preocupes. En cuanto haga algo de frió volverán.

martes, 4 de agosto de 2009

Viernes, cena a las ocho

(Interior. Noche. Cena. A la mesa cinco comensales –Padre, Madre, Hermana, Abuelo y Ella- acaban de servirse el primer plato. Se inicia una charla, en apariencia, distendida)

Padre: ¿Cómo ha ido el día?
Ella: Bien, como siempre. Mucho trabajo.
Madre: Por eso has de comer mucho ¡Que estás muy flaca! ¡Y muy seria!
Ella: (Con la desgana provocada por las veces que habrá oído esas palabras a su madre) Mamaaaá.
Hermana: (Tajante) Mamá tiene razón. No protestes.
Abuelo: ¿Por qué no sales más por ahí y te distraes? Te hará bien, chiquilla.
Ella: Estoy bien abuelo, no ha de preocuparse. No os tenéis que preocupar. (Intenta imprimir a sus palabras el mayor grado de convicción posible, una vez más)
Madre: (Pasa el pan a su hija mayor) Este viernes vienen los tíos a cenar, a las ocho.
Hermana: (Recoge el pan y teatraliza su frase) Y a contarnos su último y maravillooooso viaje. Padre: Como si nos cuentan la batalla de Trafalgar. Pondrás buena cara.
Abuelo: Pero si tu tío siempre cuenta historias muy divertidas.
Hermana: Y parece que soy la única que se da cuenta que son siempre las mismas.
Madre: Haya paz. (Piensa que su hermano podría cambiar el repertorio de historias de vez en cuando)
Ella: (Conteniendo la respiración) Me preguntaba si no os importaría que trajera a alguien a cenar, el viernes quiero decir.
Todos: ¿¿¿………???
Madre: …Y… ¿Quién es, cariño? (No sabe por qué pero barrunta tormenta)
Ella: Un amigo.
Hermana: (Con guasa) ¡Vaya, vaya, hermanita! ¡Qué callado te lo tenías!
Padre: (Con tono seco) Habrá más información, digo yo. De qué le conoces y esas cosas. Porque, que yo sepa, no tenías amigos desde que…
Madre: (Interrumpe, rápida, a su marido) ¡Por favor!
Padre: ¡Pero si no he dicho nada!
Ella: (Toma carrerilla mental ¡Ahora o nunca!) No te preocupes, Mamá. Le conozco del trabajo, Papa. Mejor dicho, de la cafetería de la esquina. Él trabaja en el edificio de al lado y baja a desayunar todos los días.
Hermana: (No le gusta lo que está oyendo) ¿Y qué más?
Ella: (No le sorprende que su hermana reacciones así) Pues eso. Nos conocíamos de vista de la cafetería y un día empezamos a hablar y bueno…pues…eso.
Padre: Pero, si le quieres invitar a cenar, será por algo. No por verlo veinte minutos al día en una cafetería.
Ella: Bueno, en realidad nos hemos visto más veces.
Hermana: ¿Cómo? ¿Cuándo?
Ella: (Piensa que ahora sí que se va a montar) Nos hemos pedido algunos días libres entre semana, cada uno a cuenta de sus vacaciones, para poder ir por ahí, a pasear, tomar algo y conocernos fuera del ambiente laboral.
Padre: (Realmente enfadado) ¡¡Quieres decir que ha habido días que nos has dicho que te ibas a trabajar y, sin embargo, te has ido por ahí, con un desconocido!!
Ella: (Le defiende. De repente siente que tiene todas las fuerzas del mundo) No es un desconocido. Ya hace casi cuatro meses que salimos.
Hermana: (Siente que le arde el estómago: esta niñata siempre tiene que joder) ¡¡Que salís!! Esta si que es estupenda ¡Todos preocupados por la niña y ella saliendo tan ricamente de incógnito!
Abuelo: (En tono conciliador) Dejadla respirar.
Madre: Y ¿Por qué no nos has hablado antes de Él? Sabes que nos preocupamos por ti. (Intenta poner paz con sus palabras)
Ella: Mamá, no pasa nada. Ya hace tres años. Hace tiempo que estoy bien, pero no os queréis dar cuenta. (Ya va a salir “todo” otra vez. Bien, estoy preparada)
Hermana: Por eso guardas los regalos y cosas del tipejo que te dejó a una semana de la boda para largarse con tu mejor amiga, mientras tus supuestos amigos lo sabían desde hacía tiempo. (Quiere hacer daño, se le revuelve todo en su interior)
Ella: Precisamente guardo esas cosas para no olvidarme de lo imbécil que fui. (Tú también lo sabías y te callaste)
Madre: (Le duele tanto la cabeza que le va a explotar) Y no puedes decirnos más cosas ¿Cómo es? ¿Qué hace? ¿Qué edad tiene?
Ella: (Sonríe) Pues es alto, moreno y con bigote, trabaja en una empresa de comunicaciones y tiene…pues… (¡Ay!) Cuarenta y cuatro años.
Padre: ¡¡¡Cuarenta y cuatro!!! ¡¡¡Pero si tú tienes veintisiete!!! ¿En qué narices piensas?
Madre: Hija mía, es mucha diferencia de edad. Tienes que pensar en el día de mañana.
Hermana: ¡Y ése ya habrá corrido lo suyo!
Abuelo: Niña, tienes que pensarlo con más calma. No puedes actuar tan impulsivamente.
Ella: (Su voz es como el acero cortando la piel) Otra de las razones por las que guardo “los regalos y cosas del tipejo” es para no olvidar lo mucho que os gustaba y cómo llegasteis a hacerme pensar, en algunos momentos, que era culpa mía lo que me había pasado. Entonces, hemos dicho que el viernes cena a las ocho ¿No?

martes, 7 de julio de 2009

La llamada

Llevaba toda la mañana nervioso, intranquilo, con desasosiego. Mirando el móvil con frecuencia. Esperando. Dijo que llamarían hoy, lo recordaba perfectamente. Hoy debía ser, sin falta. La cuestión se había alargado demasiado tiempo. Tanto ir y venir para nada. Y entonces ¿Por qué no llamaban de una puñetera vez? Ya era casi mediodía. Pase que no llamaran a las ocho de la mañana pero ya habían tenido suficiente margen para llamar. Vuelta a mirar el móvil ¿Está cargado? ¿Aquí hay cobertura? “Respira hondo o se te abrirá la úlcera otra vez”, pensó. Lo malo es que él no podía anticiparse y llamar, porque no sabía a donde hacerlo. El procedimiento era estricto en este sentido: le llamarían a él al día siguiente de haberse tomado la decisión. La decisión se tomó ayer, la persona del mostrador se lo dijo. Por tanto, hoy le han de llamar. Se tomó otro café. Desde que había dejado de fumar le había dado por el café. Curioso, porque él antes no bebía ni una taza. Lo malo era que la nueva “costumbre” no le iba bien a sus nervios y en un día como hoy menos.
Unos pensamientos fugaces, como salidos de los boxes del cerebro, se incorporaron a su carrera mental: y si, después de todo, no era lo que esperaba. Y si, aunque lo fuera, no era realmente lo que de verdad necesitaba. Intentó apartar esos pensamientos. A estas alturas no podía dudar. Pero no lo consiguió. La idea de la inutilidad de todo fue creciendo en su interior. Quizá por el tiempo que llevaba en el proceso o porque se sentía cansado, notaba que el sinsentido de su vida de espera hasta ese momento cobraba una dimensión incontenible. Se auto justificó, pensando que había hecho lo que se esperaba de él, que todo lo hizo por los suyos. Buscó excusas y razones y todas le parecieron falsas, ridículas. ¿Por qué le estaba pasando esto ahora? No podía desmoronarse. Pero sus seguridades se vinieron abajo con una rapidez inusitada y toda su vida se le apareció como un completo absurdo. Unas lágrimas de autocompasión nublaron sus ojos.
En el bolsillo de su chaqueta, el teléfono móvil empezó a vibrar indicando que llegaba la llamada.

jueves, 25 de junio de 2009

Cara de acelga

En realidad sólo hay unos pocos papeles, una media docena. Quizá diez a lo sumo. Por eso se van repartiendo constantemente y te los encuentras tan a menudo. También es una ventaja, no hay grandes sorpresas, sabes a qué atenerte. Así es como, sin necesidad de contemplar un amplio catálogo, en cuanto ves a un hijo de puta, a poco que hayas estado atento a lo largo de tu vida, lo reconoces al instante.
Éste, por ejemplo, es de la variante “director general” y ha venido a la empresa (mejor dicho: lo han enviado expresamente) a realizar esa tarea tan ingrata que en los consejos de dirección o administración alguien nombra como “capítulo D” y otro responde “resuelto” y a otra cosa mariposa del orden del día.
Se está a punto de iniciar, pues, la conocida tómbola de la cara de acelga, en la que nadie ha comprado boleto, ticket o similar, pero casi todos juegan. La cara de acelga es la que empieza a poner todo el mundo en cuanto la tómbola comienza a girar. Una mezcla de expresión distante, estreñimiento, cara de circunstancias y sonrisita imbécil.
Y los despachos dan pena, los pasillos dan pena, la máquina de café da pena, los lavabos dan pena, pero tú das más pena todavía. Porque se te nota el miedo. El miedo da a la cara de acelga una expresión aún más ridícula. Es como si llevaras colgando una mierda del cuello y creyeras que nadie se va a dar cuenta.
A medida que van saliendo los boletos ganadores, los perdedores hacen sus cábalas y quinielas para tranquilizarse en su estupidez: si le tocó a fulano es que no me puede tocar a mí, lo que yo hago es insustituible, llevo mucho y es más costoso echarme, conozco a mengano y conmigo no se atreverán. El alma humana, esa flor llena de candidez, se aferra a una diminuta llamita que ella misma ha encendido para no sucumbir a las tinieblas.
Pero entonces ¡Ah entonces! te das cuenta que no has visto a todos los hijos de puta del reparto y porque le tocó a fulano también te puede tocar a ti, lo que tú haces es plenamente sustituible, llevas mucho pero la casa es grande y porque conoces a mengano contigo sí se atreverán, porque ha sido mengano el que te ha puesto el primero de la lista.
El desierto. Ya no ves ni pueblo, ni ciudad, ni calle, ni automóvil, ni gente, ni nada. El desierto te rodea, porque el desierto eres tú. ¿Esperanza? Vana ilusión. O quizá no. Quizá el desierto era lo de antes. ¿Es posible que lo fuera? No lo parecía. Razón de más para pensarlo. ¿Y ese quien es? ¡Si soy yo! ¡Y no tengo cara de acelga! ¿Será posible, Dios mío? ¿He salido del desierto? Me duele. Me doy cuenta que me han picado las serpientes y los escorpiones, pero estoy vivo. Echaré a andar en aquella dirección. Pareciera que hay árboles y buena sombra. Está lejos pero llegaré.

Y aquí termina esta pequeña historia, que a Dios gracias no es autobiográfica, y que se esta representando ahora mismo en cientos de escenarios por todo el mundo, no en balde es tan vieja como él. Si ha placido a vuestras mercedes con ello me doy por satisfecho.

lunes, 22 de junio de 2009

A la mañana siguiente

Al despertarse él temprano por la mañana, ella ya se ha levantado y se está vistiendo para marcharse.
- ¿Te vas? Aún es pronto, no ha salido el sol.
Ella titubea un poco en la respuesta.
- Sí, ...eh...He de ir a recoger el coche temprano al taller y luego he de hacer unos recados que he ido postergando toda la semana. - Nota que la respuesta le ha salido un poco falsa y se muerde involuntariamente el labio inferior.
- Puedo acompañarte, si quieres.
- No. No hace falta.
- ¿Te llamo luego y quedamos para tomar café?
- No sé por donde estaré. Será mejor que te llame yo cuando acabe con mis cosas.
Mientras ella termina de vestirse el silencio se vuelve demasiado incomodo. Él está a punto de dejarlo correr pero recuerda que se ha prometido a sí mismo luchar por lo que quiere y no rendirse, ya no más. Ella ha terminado y se dirige a la puerta.
- Es curiosa la situación ¿no crees?
- No te comprendo. - No quería contestar pero lo ha hecho. "¿Qué diablos te pasa?", piensa.
- Sí. Normalmente, en estas situaciones es el hombre el que se viste deprisa para salir a hurtadillas como un ladrón en la noche e inventa mil excusas.
- Todo lo que te he dicho es cierto.
- Lo que me has dicho quizá sí, como lo has dicho no.
- Sólo hemos echado un polvo. No es para tanto. - Ella quiere salir de allí corriendo y se maldice por haberse quedado dormida en casa de él.
- Nos conocemos hace ya algún tiempo. No somos dos extraños que ligaron anoche en un bar.
- Piensa lo que quieras. Yo me tengo que ir. - Se da media vuelta hacia la puerta.
- Me he equivocado. Te han hecho más daño del que me imaginaba.
- ¿Qué? - Ella va a replicarle pero él le está clavando los ojos con esa mirada que tiene. La mirada de cada tarde en el bar donde han coincidido al salir de sus trabajos desde hace un par de meses. La mirada de la cena de hace una semana con los compañeros del despacho, "¡Qué feliz coincidencia!", que lo conocían. La mirada de ayer cuando fueron a cenar solos y él la llevó a ese cafetín con tanto encanto.
- No quiero un polvo de una noche. No quiero llamarte y buscarte y que me esquives. No quiero cambiar de bar cuando salgo por la tarde del trabajo para no tener que cruzarnos y sentirnos incómodos. No quiero ver cómo te escapas de entre mis manos porque te hicieron daño antes y prefieres no arriesgarte. No quiero dejarte escapar porque te quiero desde la primera tarde, hace dos meses, tres días y unas horas, que te vi.
Y ella, que ha estado haciendo esfuerzos enormes por mantener la compostura y no salir corriendo como una colegiala asustadiza, que se había prometido resistir, que no quería más líos, sólo pasarlo bien y ya está, que pensaba que tenía la coraza dura preparada, nota que le tiemblan las piernas y sabe que ha conocido al hombre que estaba esperando.
Y él la abraza. Y los dos lloran. Y se miran. Y se aman.

miércoles, 10 de junio de 2009

De buena mañana

¡Qué dolor de espalda ! ¡Y qué sueño tengooooo! ¿Por qué no me iré a dormir cuando toca? Ya se. Porque estaba leyendo y eso me pierde. Como me dice ella "es que te lees hasta los prospectos de los medicamentos". Tanto como eso, no, ...pero sí los ojeo.
Me llama desde la habitación: "Café". Voy a la cocina, pongo leche en un vaso, al micro, cuarenta y cinco segundos, ding, la cucharilla, el frasco de café soluble, a la mesa. Entra ella, con cara de muy cansada y mucho sueño. Se sienta, coge un trozo de papel del rollo de cocina con el que limpia la nata de la cucharilla. Abre el frasco de café ¡Está prácticamente vacío! Sólo quedan unas briznas en el fondo. De esas que se quedan pegadas y no hay manera de sacar por mucho que agites el frasco y con la cucharilla que entra por la abertura no llegas y con la que llegarías no entra por la abertura ¡Maldito fabricante! ¡Está hecho expresamente! Las mira, mira el vaso con la leche, coge el vaso y vuelca el contenido dentro del frasco, lo remueve y vuelca de nuevo el contenido en el vaso. Y me mira con ese mohín que sólo ella sabe poner, como diciendo "a grandes males...". Y yo, entonces, siento un ataque de ternura y pienso que hay tantas cosas por las que la quiero que la lista se engrosa cada día, como ahora, que una nueva acaba de entrar.

jueves, 21 de mayo de 2009

Relato breve

El despertador sonó como de costumbre, con ese pitido penetrante que tanto detestaba y que le recordaba que era uno más de la legión de madrugadores. Se arrastró fuera de la cama y entró en el cuarto de baño. En el espejo vio su rostro ajado, su pelo cano, la sombra de la barba en su cara…Se duchó sin energías. Se vistió con su sempiterno traje gris, uniformemente desgastado, con los bordes de los bolsillos brillantes del roce de mil manos entrando y saliendo durante tantos años, sus manos. No había nada que comer en la cocina así que nada comió.

Al salir a la calle el ruido del tráfico, ya intenso a esa hora, pareció sacarlo de su trance, ese estado hipnótico en el que se desenvolvía su vida, que no era vida. Pero sólo fue un segundo. Se dirigió a la parada del autobús y esperó, junto a los otros náufragos del asfalto, la visión de su particular columna de humo sobre el horizonte. Ésta llegó, como cada mañana, en forma de la línea 67, Cornellá-Plaza Cataluña, “…suban, no se entretengan, no permanezcan en la plataforma, avancen hacia el final que hay sitio…”, las misma palabras de cada día que el conductor repetía con parsimoniosa indiferencia. Se sentó al final, sí, donde el autobús daba más brincos y hacía el trayecto más incómodo.

Al llegar a su destino, se apeó y caminó el corto tramo que le separaba del portal. Se detuvo ante la puerta del edificio, muestra de anodina arquitectura, un intruso de mediados del siglo XX en medio del ensanche barcelonés, donde estaban las oficinas en las que trabajaba desde hacía 40 de sus 59 años. Un día más, pensó. Pero hoy era un día diferente. Todo se iba a acabar, por fin. En el bolsillo interior izquierdo de su americana había un revolver cargado, seis balas certificadas con acuse de recibo. Todas con nombre y apellidos, la suya también. Entró en el portal. El portero le saludó y él ignoró el saludo. Subió por las escaleras hasta el entresuelo. Entró en las oficinas, todos estaban ya allí.

La primera fue para el director, ese tipejo rastrero que le ninguneaba constantemente. La segunda para Contreras, ese lameculos que le robó su ascenso hacía años. La tercera para Margarita, siempre con esa sonrisita tan enervante, no la soportaba ni un día más. La cuarta para Jacinto, siempre se burlaba de él. La quinta para Vidal, siempre se quedaba con los méritos de su trabajo. La sexta…

El despertador sonó como de costumbre, con ese pitido penetrante que tanto detestaba y que le recordaba que era uno más de la legión de madrugadores.